No es malo. Es peor. Ahora empieza a encajar el caso Obregón. En los carnavales de Las Palmas de Gran Canaria levanto sarpullidos, porque Ana Obregón hizo, tal como se esperaba, el ridículo más espantoso. Sin gracia, sin vida, lerda en su papel de señora bombón, sobreactuada, cabra en un museo, hizo el ridículo como presentadora de una gala que la desbordo, y ni siquiera fue consciente del espanto.
Meses después, recuerdo que Mariló Montero, dilapidando esfuerzo y dinero, conecto con un salón de hotel para promocionar en directo a la vedete fantasiosa como escritora de memorias, hecho que no merece ningún escritor en activo cuando publica obra. Y hace nada, para el archivo de la infamia, Julia Otero, cubierta de polvo y paja en Entrevista a la carta, la llevo como gran estrella a su programa. Es una opción, claro, pero sumando activos, uno ve que la vuelta de Anita a La 1, aunque sea tirando de archivo, era un agravio anunciado. Que ilusión. Quien no viera Ana y los siete puede volver a revivir una serie que puso patas arriba la televisión pública. Se emitió entre 2002 y 2005. Y con audiencias que siguen escandalizando.
Nunca bajo del 36%, es decir, cerca de 7 millones de criaturas. Palabras mayores. Aznar, un líder para la eternidad, dirigía aquella España gloriosa. A semejante gloria política le corresponde parecida gloria catódica. Sobre la serie, para quienes la recordamos en carne viva, solo puedo decir que es espantosa, tramposa, melosa, con tramas lacrimógenas, un pufo para mejor honrar a la guionista, actriz, productora, directora, maquilladora, cochera, cocinera, iluminadora, y mas no porque no quiere hacerlo todo. El publico actual, espantado, apenas roza el 6% de audiencia. Ohh.





