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Punto y aparte

"Nuestra democracia tiene mucha más falsedad que autenticidad"

Cantautor diferente, humorístico y libérrimo. Javier Krahe (Madrid, 1944) hace lo que más le gusta, enredarse con el amor
16-01-2012 04:00
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Javier Krahe.

Javier Krahe.

Creía que lo suyo sobre un escenario era coser y cantar.
No, es toser y cantar, aunque últimamente toso mucho menos. Sigo fumando, pero no tanto. En un escenario estoy muy cómodo. Será por la cantidad de años que llevo y por la frecuencia de actuaciones. Me siento más natural en el escenario que fuera de él.

Quién se lo iba a decir a usted, que era tan tímido.
Cuando empecé en esto de la música necesitaba tomarme un valium y un copazo para arrancar. Vencí la timidez con el tiempo. Ahora ya no va conmigo.

¿Le gusta la palabra cantautor?
No, me parece fea. Es por una cuestión semántica. Cantautor viene del italiano y su definición es muy imprecisa. Si se refiere a un cantante que canta las composiciones que escribe, se puede aplicar a un montón de gente, del rock y de otros estilos. Yo me considero más un humorista.

¿Con el humor se puede desarmar al poder?
Al poder no hay quien lo desarme. La risa no es para atacar, sino para defenderse.

Dice usted que practica el humor blanco.
Me encanta que el público se ría con conceptos como que un triángulo isósceles puesto de lado conserve las mismas propiedades pero esté mucho más cómodo. Uso el humor blanco, pero también me gustan el negro y el verde.

¿Sigue algún método cuando compone, señor Krahe?
Suelo escribir a partir de una frase, no de una idea, que normalmente es muy corta. Por ejemplo, Peleas y Melisandra nació a partir de esta frase: «A veces pienso en ti incluso vestida». Una vez tengo la frase, pienso en el contexto.

¿Por qué le gusta tanto escribir sobre enredos amorosos?
Me divierte mucho. Con los enredos amorosos me imagino a mujeres bonitas. La canción política no me agrada.

En política también hay belleza.
Puede, pero la profesión mata al resto.

¿Por qué la política nunca ha sido una de sus musas?
La política me asquea. En mi último cedé sí hay una canción política, ¡Ay democracia!, aunque no sé por qué la escribí. Con las canciones me gusta averiguar cosas.

¿Y qué le descubrió ¡Ay, democracia!?
En qué clase de democracia estaría yo dispuesto a participar. En la nuestra, no, porque tiene más falsedad que autenticidad.

¿Su carrera ha evolucionado con la democracia?
Yo sí he evolucionado algo. ¡Qué duda cabe que ahora canto mejor! No me gusta escuchar mis primeros discos.

Lo suyo siempre ha sido la combinación de letras irónicas, rimas ingeniosas y una música sencilla. ¿El rap español también puede presumir de ingenio en las rimas?
El rap puede presumir de abundancia de rimas. Alguna ingeniosa habrá, pero en general, no. Yo no soy un amante del rap, me agobia. No tengo nada en común con alguien del Bronx.

¿Qué les diría a los fans que le reprochan que es usted poco prolífico?
Sumo 13 discos en 32 años, lo que significa que saco uno cada 2,5 años. Eso no es ser poco prolífico. A mí cada canción me lleva mucho tiempo, un tiempo indefinido. Necesito que las canciones me trastornen, notar cómo me desafían.

¿Cuánto tiempo suma usted en la indignación?
Desde los 19 años, cuando me di cuenta de que nada era como me habían dicho mis padres, cuando descubrí que la mentira era absoluta en todos los discursos sociales. Aquello me dejó muy confuso.

¿Sigue confuso?
Sí, pero enfoco la confusión de otro modo. No miente uno si dice que no entiende nada de lo que pasa, aunque también es verdad que entiendo lo que pasa. Comprendo la corrupción pero no entiendo la avaricia.

¿Es socio de la SGAE?
Sí. La SGAE es necesaria. Ya cuando se fundó, en la primera mitad del siglo XX, sufrió ataques furibundos. ¿Por qué tienen que cobrar los autores?, protestaban algunos. Otra cosa es el desmadre y los delirios de grandeza que algunos han protagonizado últimamente

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